Superponer luz ambiental suave con acentos discretos y puntos funcionales crea planos sucesivos que el ojo interpreta como distancia. Un fondo tenuemente iluminado, un centro moderado y un primer plano cálido establecen jerarquías visuales claras, reducen el desorden perceptivo y convierten pocos metros cuadrados en un escenario con más “aire”, ritmo y recorrido natural para la mirada.
Demasiado contraste encoge el espacio; muy poco lo vuelve plano. Busca relaciones aproximadas entre 1:3 y 1:5 entre zonas iluminadas y sombras, con transiciones graduales. Este balance evita deslumbramientos, preserva texturas y mantiene una lectura espacial continua, como si las superficies se desplegaran con delicadeza más allá de su límite físico aparente.
Coloca pequeñas guías de luz a lo largo de líneas que se alejan, como bordes de maceteros o pasillos, para formar una senda visual que “empuja” la profundidad. Al espaciar puntos a intervalos regulares y decrecientes, el cerebro interpreta continuidad, la perspectiva se refuerza y el patio se siente más largo, sereno y navegable a oscuras.